Juan Miguel Aranda Aguilar en el Pregón de las Glorias 2011

Pero a mí me gusta tornar mi cara en asombro, hasta hacer que el galope de mi corazón arrase en mis entrañas, cuando me adentro en el barrio de la Pastora. Cuidado, que entramos en los repelucos de Dios. En la tierra blanca prometida a una devoción cañaílla. Y me gusta entrar en el barrio con la prisa fondeada a la espalda, con las puertas del corazón bien engrasadas dispuestas a abrir y cerrar cada vez que el viento reparta sus aromas. Sus ecos moldean los sueños y me dejo llevar por la cadencia de sus calles que irremisiblemente conducen hasta donde el amor se encuentra a sí mismo. El amor. El amor en este barrio se refleja en las fachadas vistiéndolas de un blanco distinto, verdea los árboles y esparce un boceto de sombras que mantienen el juego de los pájaros. El amor en este barrio emana de un manantial que huele a romería, a tardes de Agosto, y a tertulias en torno a un peñasco en el que reposa una doncella de ojos claros, y manos blancas como el alba del paraíso.

 

En este arrecife de amor hay un grillete que une a todos por igual. Señoras de coral y hombres con alma de plazoleta reparten la suerte de la palabra entrelazando los verbos con el nombre que da lumbre a las retinas del corazón, Pastora. Cuidado al pronunciarla porque en vuestros labios no hallaréis más la calma si no esparcís sus letras en vuestra alma. En el corazón de ese jardín nace la esencia de una flor, Pastora, una azalea que brota en un arriate inundándolo todo. Es un querer más allá del amor.

Una princesa con un zaguán en su mirada.

Sus ojos son dos luceros

que alumbran el ansia de cuando espero

su sonrisa y su tez maquillada.

Es imposible pasar de largo

ante su presencia,

de sus manos gotea una esencia

que determina la sentencia

de permanecer por siempre en su letargo.

        Si no la habéis visto, debéis asomaros, justo en el momento en que el sol nos esparce sus virutas de oro. Atreveos a cruzar el umbral de la calle Santo Domingo, desprendeos del tiempo y abrazad el horizonte hasta sentir el frescor de su capilla. Es una sensación que os hará libres, que os inundará de una emoción inexplicable, que os mantendrá al hilo de la risa y el llanto. ¿Puede alguien enamorarse de la Pastora? Claro que sí, el amor es pureza y nunca un rostro tan delicado pudo desprender tanta belleza. Y, ¿qué se siente al postrarse ante ella?  Una sonrisa entrecortada precede a un rio sublevado que recorre el cuerpo orillando las brasas de una pasión sin freno. Hoy vengo para abrir sus rejas y dejar escapar por vuestra sangre un amor sereno. Yo soy cruzado suyo y hurgaré con sigilo en el corazón ajeno. Es mirada primorosa y yo, los restos de un tiroteo salidos de sus ojos al compás de un tintineo.

        A tu lado, Pastora, volví a revivir la dicha. Jamás supe de tus aires y tus desvelos. Del alma de tus hijos de su corazón y sus fuegos. Jamás supe de los manjares de tu paraíso, de las emociones, de tus miradas, de la ternura de tu corazón antojadizo.

        La Divina Pastora es la madre de Dios, no hay duda, le vemos  delante de Ella cada vez que se asoma a su balcón. Pero, pese a su halo de hermosura y la calidez de las líneas de su perfil, no todos sus hijos quieren pertenecer a su redil. Ella nos invita a todos, sin embargo, son muchos los que deciden darle la espalda sin merecerlo. Aunque nada se puede hacer contra la voluntad de Dios.

Dice la leyenda que es Ella quien escoge y no nosotros. Que un rayo purificador sale de su cayado atravesando de cielo a tierra a cuantas personas hayan renegado de Ella. Pues bien, permitidme esta licencia. Efectivamente yo fui hijo a lo lejos, hijo del fariseísmo, hijo de un colectivo cobarde que era capaz de no apreciar la riqueza de sus pastos y sí lo que, sin saber su significado, llamamos no respeto a las tradiciones. Que ilusos. No apreciaba a entender que el tiempo pone la verdad en su sitio. Ella me ofreció su puerta, y entré. Muchos fueron los manjares y otras tantas las espinas. Los pinchos duelen, avergüenzan, pero una mirada tan enamoradiza tiene el suficiente poder para arrebatarlo todo. Sus brazos abiertos, como quien pide un abrazo, llaman a su querer con voces sordas y piropos de achuchones. Sólo Dios sabe lo rotundamente agradecido que me siento, lo extraordinariamente feliz que me ha hecho al haber probado la purísima paz de su morada.

- ¿De dónde vienes,

hijo mío,

con tu cara de asombro?,

¿por qué cierras los ojos

y encoges la cara

cuando te nombro?,

- No quise ver, madre,

fui acumulando escombro,

no entendí tu querer,

ni me supe defender,

tan sólo di riendas a un mar de fondo. –

- Pero,

¿quién puede dudar de mi querer,

si ante la cruz quise prometer

mi amor más hondo?.

- Lo sé, madre,

y tu perdón quiero merecer,

mas no hallo como reconocer

que a mis hermanos herí

sin poderlo contener.

- No sufras, hijo mío,

en tu corazón puedo ver

que hallas un querer

que mantiene siempre su rescoldo.

Y ve tranquilo,

háblales de tu saber

que quien quiera oír

sabrá entender

y podrá reír

por no sufrir

los dobleces del perder.

Y siéntete mío,

pues todos tus desvelos voy a proteger.

Sí Madre, yo te negué, yo te volví mi gesto, mis pupilas se volvieron opacas cada quince de Agosto, yo decidí irme cuando Tú me buscabas con tú rostro, yo no quise ver tus ojos, enjuicié a mis hermanos mientras ellos me tendían sus manos, pero ahora, con la mella del tiempo, con el alma repleta de tu aliento, grito a los cuatro vientos:

que eres el sendero de la gloria,

la paz en la inquietud,

la belleza de un suspiro,

la esencia del amor,

del pétalo, la suavidad,

el terciopelo de una emoción,

el canto puro de un ángel,

la blonda de una ilusión,

perla de nácar,

sonrisa del corazón,

gesto infinito de la pasión,

el aroma de la rosa,

el poniente bajo el sol,

el cofre de un amigo,

el dulce canto de un ruiseñor,

perfume de rocío,

del sol su resplandor,

consuelo del amor tardío,

posada del amor de Dios.

Lluvia de mis sentidos,

Esperanza y compasión,

Salud del corazón mendigo,

Piedad de este mundo sin razón,

baluarte, muralla y refugio

destellos de una pasión

del sol, su luz,

de la luna, su resplandor,

de las estrellas, su armonía,

lucero y amanecer

de cualquier flor.

Pastora, si todo esto es el rayo divino, si todo esto es el rayo divino, ¡mándame otro, mándame otro y estalla mi corazón!.