María del Carmen Salado Conejero en el Pregón Semana Santa 2006

Durante este recorrido me he detenido tranquilamente en la parroquia de la Pastora, parroquia que acoge a esa hermosa Divina Pastora de las Almas.

Y es que casi nadie sabe que sus ojos, esos preciosos ojos de la Divina Pastora fueron los que por primera vez me hablaron y me miraron con una comprensión y un cariño que yo no podía explicar, pues contaba con muy pocos años.

Era alumna del colegio Manuel Roldán. Asistíamos a los jueves eucarísticos donde rezábamos y cantábamos. La profesora me quitó del coro porque desafinaba, pero yo, lejos de enfadarme, me alegraba, porque así, solo tenía que sentarme ante ti y mirarte.

¿CÓMO HE PODIDO ESTAR TANTOS AÑOS SIN MIRARME EN TUS OJOS, MADRE MÍA?

Y no se por qué. ¿Qué resortese ha movido en mi interior? Pues al enterarme de la gran misión de pregonar a Jesús y a María Santísima he sentido la imperiosa necesidad de verte y mirarte sin que medie palabra entre nosotras, solamente mirándote, igual que cuando era una chiquilla.

Elevé la vista y tus ojos, tan bellos ojos con destellos… ¿Verdes o azules?¿O eran color de miel?¿O quizás el brillo de dos luceros o el reflejo de mil estrellas?¿O puede que fuera la emoción que Tú al igual que yo, Madre mía, Pastora mía, al verme postrada ante Ti sintiera? No se en verdad lo que sería, pero tu mirada vidriosa y dulce se clavó en mi de una forma que jamás pensé que me estremecería tanto al contemplarte.

Y me di cuenta de que a partir de esos momentos, Pastora Divina, yo te hacía de nuevo mi confidente y sentiría la necesidad imperiosa de tener que venir a verte y compartir, Madre mía, mis mas íntimas emociones, alegrías y preocupaciones que a partir de esos momentos yo también hacía tuyas.

Y mirándome en tus ojos yo te hablaba.

Te eligió el Señor por ser la flor más pura,

llena de gracia y buena sin medida.

Y te hizo más bella que la luna

coronada de mil estrellas cristalinas.

Y te hizo Pastora de los cielos,

puro fulgor de gloria florecida

bajo un cielo azul, palpitante de sueños.

Fuiste en esta tierra de sol y salinas

Pastora de las Almas de la Isla.

Quiero que en tu regazo al fin me acojas

como cualquier oveja que se halla perdida

y que al volver de nuevo a tu santo redil

sólo cariño, comprensión, calor y amor encontraría.

Perdóname y olvida mi gran olvido

y trátame como cuando era una chiquilla.

Sé que lo harás porque eres Virgen celestial,

Dulce Pastora y Madre de todos los cañaíllas.