Juan José Romero Ruiz en el Pregón Semana Santa 2005

Y gracias como no a ti, mi vida, mi cielo, mi todo.... Tanto te debo que nunca he sabido como expresarlo. El estar hoy aquí te lo debo a ti. Cuantas veces me he sentado delante tuya y no he sabido que decirte. Cuantas cosas hemos vivido juntos y que forman parte de mi vida y de tu hermandad. Cuantos momentos duros y de adversidades recompensados después por alegrías y satisfacciones. Cuanta semilla sembrada en tu redil, del que forman parte desde que nacieron mis tres hijos, Alfonso, Rocío y Javier... a los que te pido que los lleves siempre de tu mano.

Cuantas cosas, Pastora, cuantas cosas...

No sé por donde empezar

pa poder darte las gracias.

Tengo tanto que contarte

que no encuentro las palabras

para decirte, Pastora,

desde el fondo de mi alma

que para mí lo eres todo

y que sin ti, no soy nada.

Cuantos años de mi vida

en tu Hermandad olvidada

viviendo siempre soñando

que el futuro compensara

tanto esfuerzo y tanta entrega

para poder levantarla.

Pero el sueño se cumplió

cuando el otoño mediaba.

Día uno de noviembre,

inolvidable jornada

para esos pastoreños

que con locura te aman.

Más no se puede pedir.

Tan sólo darte las gracias.

Cuantas cosas por mi mente

en ese día pasaban.

Veinte años de mi vida

que de una manera rápida

me llevaron a un pasado

donde no existía nada.

Tan sólo estabas Tú

en tu camarín sentada,

tu hermandad casi extinguida,

tu devoción olvidada.

Nos llamaste a tu redil

y nos pusimos en marcha

para que poquito a poco

tu fe se recuperara.

Pasamos adversidades

y hasta nos dieron la espalda,

y nosotros adelante,

con humildad franciscana,

siguiendo por el camino

que tu cayado indicaba,

y tras más de media vida

de ilusión, trabajo y ganas

recibimos ese premio

de verte hoy coronada.

Aquel 1 de noviembre

el sol inundó la plaza

fue el día más hermoso

que el pastoreño soñara.

La lluvia quiso colarse

pero no estaba invitada.

Allí estaba la Isla,

tu Hermandad y tu barriada.

Era jornada de fiesta

y en las galas se notaba.

Los chaqués y las mantillas

las insignias y medallas.

Y allí todos reunidos

postrados ante tus plantas

esperábamos nerviosos

que ese sueño se acabara.

Saliste sobre tu paso

mientras que el sol alumbraba

la belleza de tu rostro,

los perfiles de tu cara,

tu inmaculada sonrisa,

y tus ojos esmeraldas.

Sobre tus sienes, corona

de nardos y rosas blancas.

Sobre tu cuerpo el cariño

en forma de mil alhajas.

Cruzaste la plazoleta

sobre blancas alpargatas.

Chicotá de amor y arte

con costalera elegancia,

que te llevó hasta el altar

que pa tu gloria montaran

tus hijos los pastoreños

pa darte Pastora gracias.

Aquel 1 de noviembre

en el aire se mascaba

la tensión emocionante

del momento que llegaba.

Allí reinaba el silencio

pero el corazón hablaba,

y eran la una y doce

cuando el sueño terminaba.

El tiempo quedó parado

y expectantes las miradas

cuando las manos benditas

de la Iglesia diocesana

colocaban en tus sienes

esa devoción dorada

que en forma de una corona

tu barrio te regalaba.

La plaza se vino abajo,

las lágrimas afloraban

y sonaron los cohetes

que a San Fernando anunciaban

que era ya una realidad

poderte ver coronada,

y en el cielo de la Isla

desde un balcón de la gracia

lloraban emocionados

y entre ellos se abrazaban

el querido Padre Arenas

Juan Antonio Brea y Sancha

Padilla, las tres Matutes

Concha Chacón y el Naca

y otros muchos pastoreños

que en el cielo ya descansan

postrados en la memoria

de tu redil de esperanza.

La plaza se quedó muda

cuando sonó una guitarra

y un desgarro aflamencado

de pastoreña garganta

entonó un Ave María

que conmovió hasta el alma,

y estoy seguro, Pastora,

mientras la salve sonaba

tu miraste a aquella niña

con las lágrimas saltadas.

Y esas lágrimas Pastora

que cayeron en tu plaza

fueron simientes de fe

fueron semillas sembradas

pa que el redil pastoreño

y tu rebaño de almas

siga creciendo en la Isla

y no lo detenga nada.

¡Que más se puede pedir

Pastora de mis entrañas!,

tan solo el haber vivido

pa poder ver esta estampa

ya ha merecido la pena

y tan sólo una palabra

me sale del corazón

gracias, Pastora, gracias.

Porque con letras de oro

mi hermandad tiene grabada

esa escena irrepetible,

esa imagen mariana,

ese momento de gloria,

ese éxtasis del alma,  

ese día tan sublime,

la más hermosa jornada

que todos los pastoreños,

mi Pastora coronada,

que todos los pastoreños

contigo jamás soñaran.